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CÍTICAS SOBRE LA OBRA
Ramón Faraldo. Del libro "Pedro Solveira que nació entre los hierros".
FORMA PARA UNA ESCULTURA 2
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

“Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma”.

¿Escultura o túmulo?. ¿Quién yace ahí, eternamente?. ¿Quién, asomando esas manos, pretende evadirse de tales tinieblas?.

Porque yo no puedo decirte. No sé si te conocí en la noche o en la aurora. Si la aurora abrió los ojos escuchando esas sirenas de los puertos. Esos caballos que cruzan con el alba.

Yo llamaría a esta “Forma para una escultura”: “Exequias por algo que fue un piano...”

¿Qué sería esto, pues?. ¿Tu homenaje al que se llamó Federico Chopin?. Óyelo.

En este momento, uno cree escuchar su homenaje fúnebre.

GEMINIS
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

La tierra en pleno solsticio de verano.

A despecho de su signo astrológico, en general infalible, pero elástico y móvil como las propias constelaciones, le atribuyo sentidos diversos, nefastos, jubilosos, amantes, abstraídos.

En la serie sobre VOLÚMENES EN EL ESPACIO, Solveira lo presiente augural, como los sacerdotes de Moctezuma, en vísperas de la noche de Otumba, presintieron sus oráculos anunciando el fin de algo. ¿Del derecho al júbilo?. ¿Del derecho a la tristeza?. ¿Del derecho al derecho?.

 Sobre ese espacio fulgente y claramente en llamas, solamente podrán los poetas, los vagabundos angélicos, los bohemios tocando con sordina, llámense Alberti, Guillén, Cernuda, Orfeo, Lorca, podrán, digo, guiarnos en esa semioscuridad radiante.

Por ejemplo:

“Arco Iris. A diez grados Norte.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Y esas manzanas que se pudren en el tiempo infinitamente verdes?.
Y etc, etc, etc...”

GIRO GEOMÉTRICO
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

¿Giro geométrico en el espacio, o espacio girando en torno a volúmenes puros, vagamente nacientes?.

Gritos de sombras que quieren ser de azufres, banderas rotas, imprecaciones y clamores hacia el vacío candente. Una resaca de humos broncos, yescas y hollines, intentan asirse a las seis esquirlas. ¿De astros, de campanarios evadidos de su servicio ritual?.

No pueden. Colapsan, pues, los seis vestigios inaccesibles, erizando melenas leoninas, zarpas, gubias y formones contra los yunques impávidos.

Los amotinados, feroces, ciegos mercurios y sus bastiones incombustibles, componen más que giro o ritmo geométrico, una reyerta espacial, entre densidad y hoguera, dramáticamente silencioso, opaco de día, llameante de noche, cuya decisión final, victoria o derrota de las antorchas, soledades y los núcleos de resistencia, pertenecen al secreto del cuadro, y durará tanto como esto siga siendo cuadro.

La empresa Solveira pregona la hermandad universal. Pero no la paz, pertenencia suprema de los muertos.

YUNQUES EN EL ESPACIO
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

Sí.

Hay atardeceres como este en que las sombras hacen de púrpura y cobre arañados por uñas misteriosas, rectilíneas, cóncavas, angulares, convexas, pluriformes, desgarros a veces, plumas otras. Las arterias se paran. Un mutismo insólito paraliza, silencia, resucita eras deidades que fueron.

El espacio se convierte en ara votiva. A un mandato inaudible confunde idiomas, trastorna palabras. Se piensa en orbes derruidos, en Machu-Pichus rejuvenecidos. En aquel gong cósmico de Conrad. En milenios enterrados. En los absurdos de la nada y de los cuerpos que el vudú vuelve a poner en pié y hace trabajar y cantar de nuevo.

Algo de vudú transpira esta obra que parece tactos y ojos. Porque, normalmente, siempre hay algo que sobrevive a la caída de los párpados, “a la embestida de la muerte sobre el esqueleto de la nada”.

Contemplamos un hecho bellísimo y peligroso. Cuidado con él. Esa mancha o tachadura de sangre que ilumina el ángulo izquierdo de esta parafernalia, los nimbos de quemadura y uña perceptibles en torno al ara, indican que el autor ha pagado caro su empeño.

Prudencia, pues, ante este yunque. Quema.

DESPLAZAMIENTO DE UNA MASA EN EL ESPACIO
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

¿Qué se desplaza aquí?. ¿Una masa o una muchedumbre de nombres evocadores?.

Ivanhoe, el espectro azufre de la bella Rebeca, el galope del Templario Bois Guillert. Almenas, puentes, restos de monstruos ancestrales, han sido sometidos al trabajo inexorable de forja, yunque y espada.

La intención medieval del autor por torreones, puentes, murallas, que se traduciría algún día de alucinación en espacio transitable, tiene una manifestación reveladora en este volumen, más onírica que física.(1)

Esta fortaleza espacial grita al arma, al caballo –“Mi reino por un caballo”-, a la emboscada y a la victoria o a la derrota, pero en cualquier caso, de héroes, mitologías, donceles de Sigüenza vueltos de las cruzadas.

“¡Ya viene el cortejo!
¡Ya se oyen los claros clarines!”

En fin, “yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía...”

(1) Faraldo se refiere en este párrafo al trabajo realizado en la reconstrucción del pazo que Solveira destinaría a su futuro museo.

DE LA SERIE SOBRE PERFORACIONES EN CHAPA
SIN TITULO
Hierro. Oxidación. 70x65 cm.

Sin título. ¿Para qué?. Te desconocen hasta los que te conocieron. Hasta mi alma.

Habla. ¿Quién eres?. Nuestro astro y los otros te ignoran. ¿Adónde vas?. ¿De dónde vienes?. ¿De qué infiernos, pasiones o eucaristías?. ¿Qué observan tus diez párpados?. ¿Qué saluda tu mano cenital?. ¿Vienes en tu nombre, eres enviado o enviada?.

Sin presencia, sin palabras, sin cabeza, sin lengua, ¿sonríes, amenazas, injurias, acaricias?. ¿Implicas la paz o la guerra?. Habla, oh grande y bella solitaria, sombra sin eco, criatura de metal y mutismo. Dínoslo: dinos, sí, ¿qué quieres?, ¿qué odias?. Si fuiste regazo, centella, cuna o corona en algún insomnio mortal.

Los insomnios se olvidan, si no nos enloquecen, o nos matan. ¿Vienes del sur, del Ártico, del Purgatorio, del plenilunio?. Silencio. Sí, de ahí debes llegar, de los eternos, insondables mutismos que el hombre sospechó, pero no entendió jamás.

Tú sí nos entiendes. Sigue, pues, adelante. No escuches, no mires. Continúa tu rumbo sagrado. Nadie te detendrá. Hombres de ceniza te verán pasar en silencio. Sigue...

Yo te saludo, mientras tu estela desaparece en un espacio negado a quien no se llama como tú. Adiós...

DE LA SERIE SOBRE PERFORACIONES EN CHAPA
SIN TITULO
Hierro. Oxidación. 50x70 cm.

Estos dos planos forman una trinidad. Parece un ángel ausente.

¿De dónde vienen?¿Cuál es su era?¿Y el escenario de su acción?
¿Templarios?¿No semejan coraza de guerra?
¿Duguesclín, o algún súbdito del Rey Arturo?.

Intuyo ecos de todo ello en esa nave-armadura, con sus tres ojos candentes.

Pero debías tú nacer de la tierra, como un vástago amenazador. Teníamos que sollozar hasta estremecer esos móviles tricones, que pueden cambiar hasta las horas del plenilunio, concediendo a los astros abandonarse a sus penas secretas.

Pero tú lo has previsto. Esta invención que sugiere “El Ángel de los números”, para ir volando “del uno  al dos, del dos al tres, del tres al cuatro”, te hace navegar por un orbe ajeno, clandestino, jamás hollado por criatura humana, ni animal.

¿Serían arcángeles o demonios?. ¿Serían las furias o las penas?. ¿Una forma de agresión, de pacto amistoso?.

Porque vos ya lo sabéis, Don Pedro: “En el sur siempre es cortada casi en flor el ave fría”.

DESCOMPOSICIÓN DE UN ANILLO
Hierro. Oxidación. 70x100 cm.

¿Descomposición de un anillo?.

Sí. Pero ¿en qué?. Se lo preguntan almas en pena. Pájaros en pena.

Por una gaviota, se cambiaron diez anillos nupciales, antes que gaviota y anillos se convirtieran en entidad volante, en señoría de nieve, en criatura mezcla de piragua, aletazo, gola eucarística.

Cuando el alma congelada del joyero sufrió la hipnosis de vuelos interespaciales, y travesías de Simbad, y construyó con escarcha, cuarzo, perfume de heliotropo, seda de Golconda y aglutinante de platino, un esquife wikingo, para navegar y soñar bajo lunas de quince años y ocasos de amapola.

Esta obra de nuestro artista, aparte de su majestuosidad fantasmal y su don traumatúrgico, es un testimonio de que el cianuro no exalta la codicia de las golondrinas, de que la alquimia no conoce límites y que, si se sigue el ejemplo de Solveira, los hombres no se conviertan en estopa.

Por lo demás, aun queda bastante anillo para casar a dos que se quieran.

LÍNEA EN EL ESPACIO DE LA SILUETA DE UN PÁJARO
Hierro. Oxidación. 50x70 cm.

¿Solamente quedó la silueta perfumada de un pájaro en esta línea trazada en el espacio como un suspiro?.

También silbato, con algo de caballo. De fusta. De trayectoria estelar. De incompleta de Schubert. De Gran Cañón sin montaña. De desasimiento absoluto. De gráfico rupestre. De signo estelar. De ser o no ser en una extensión asfixiante.

¿Cómo bautizar, en fin, a esta raya sin bautismo?

Veamos: A golpes delicados, el alba intenta identificarse. Insomnio mentiroso o Arcángel en volandas. Calumnia de rocío en rama de cerezo. Lucero errante. Vidrio sin eco. Arcángel fustrado. Cisne –otra vez- con voluntad de oruga.

¿Basta?. ¿Basta para sugerir que esa “llamada abstracción” puede serlo por exceso, más que por carencia, de figuraciones?.

Y aunque todos nos equivoquemos, tu línea en el espacio, dinamizada, no se equivoca en cuanto a lo que es, en cuanto a lo que quiere.

ABSTRACCIÓN EN VERDES
Hierro. Oxidación. 50x70 cm.


Presiento gritos sometidos en delgadas aguas arteriales.

¿Abstracción?.¿De qué?. Abstraerse no quiere decir nada, tú lo sabes. Y esta obra dice muchas cosas.

Esto es lo que es. ¿El aura de un fondo atlántico?. ¿No ves los peces?. ¿Andaba perdido Neptuno hasta que encontró el camino?.
“¡Oh, aquellas doradas cantantes!”de las que hablaba Rimbaud.

¿O, quizás, la selva amazónica, con sus vegetaciones casi eróticas, cruzadas por el vuelo sinuoso de sus luciérnagas?.

“Los ejércitos de negras nubes cargadas de agua
desfilaban majestuosamente,
armadas de los sables dorados del relámpago”.

¿Para qué hablar más?. El autor y nosotros ya hemos hablado. Ahora
que hable el cuadro. Hasta que te cautive, que te cautivará.

EL ESPIRITU DEL PÁJARO QUE ATRAVESO EL ESPACIO
Hierro. Oxidación. 65x50 cm.

Suspiraban las nebulosas por dormir solamente un plenilunio sobre tus alas rizadas.

La saga de Nils Olgerson aceptaría tu pilotaje, seguro de que tu esbeltez, tu impulso a través de pirosferas y hielos árticos le llevarían, impunemente, a su destino. Y sabes que ciertas aves –albatros, cóndores-, corren el riesgo de quemarse en el fuego de ciertos crepúsculos o auroras, bajo la incandescencia solar.

Tú ¡oh, voladora sin nombre!, sabes que guijarros, dunas y arenas celestes, no siempre son inofensivas, pero tu entidad, que tiene de cisne, de ofidio, de arrullo, de puñal, de orquídea, de mariposa, sabe plegarse, reducirse a grano de sal, a esquirla de amianto, a sonido inaudible...

Cantando a Galatea, Góngora te cantó sin conocerte.

“¡oh!, dulce Galatea,
más suave que los  claveles que tronchó la aurora,
dulce más que las plumas que aquel ave
que dulce muere y en las aguas mora¡”

Nada más, ¡oh dama del gran poniente!. Buen viaje, a ti y al pequeño Nils Olgerson. Cuando lleguéis acordaros de mí, que no me han enseñado a volar.

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